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A terapia no vienen quienes más daño hacen, sino quienes cargan con el daño

A terapia no vienen quienes más daño hacen, sino quienes cargan con el daño

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A terapia no vienen quienes más daño hacen, sino quienes cargan con el daño

Hay una frase que refleja algo que muchos terapeutas vemos en nuestra consulta y que suele tocar algo muy profundo:

“A terapia no siempre vienen quienes más daño hacen, sino quienes llevan años intentando sostener el daño que otros dejaron.”

Lo cierto es que, en numerosas ocasiones, las personas que llegan a terapia son precisamente las que más han aguantado. Hasta que no han podido más. Las que han encontrado la fuerza para romper con dinámicas relacionales disfuncionales que llevan sufriendo largo tiempo.

Mis pacientes son las personas maravillosas y fuertes que aprendieron a adaptarse, a callarse, a justificar conductas ajenas o a responsabilizarse emocionalmente de todo el mundo. Personas que llevan años sobreviviendo en dinámicas familiares, relaciones o entornos donde sus necesidades quedaron en segundo plano.

Y mientras tanto, quienes generaban ese sufrimiento ni siquiera se cuestionan, no realizan esa introspección, ese viaje necesario de autoconocimiento y sanación. Y no lo hacen porque para mirar hacia dentro hace falta algo muy difícil: conciencia, responsabilidad emocional y capacidad de reconocer el impacto que uno tiene en los demás. Y no, lamentablemente, no todo el mundo está preparado para hacerlo. Para sostener la imagen que les devolvería de si mismos el espejo.

Por eso es tan común que en terapia aparezcan personas que sienten culpa por poner límites, ansiedad por decepcionar, miedo al conflicto o una enorme necesidad de aprobación. Personas acostumbradas a cuidar tanto de los demás que olvidaron cómo cuidarse a sí mismas.

En multitud de ocasiones mis pacientes verbalizan, entre bromas, casi con culpa, con necesidad de justificarse… “No sé por qué estoy tan mal si mi vida tampoco fue para tanto, no me ocurrió nada terrible.”

Pero cuando empiezan a contar su historia, aparece una vida llena de invalidez emocional, exigencia, manipulación, silencio o heridas invisibles que llevaban años normalizadas.

Ir a terapia no significa ser débil, egoísta,  ni “el problema” de la familia. Muy al contrario. Muchas veces significa que alguien, por primera vez, decidió dejar de sostenerlo todo en soledad.

Cuando nos quitamos la venda y vemos cómo encajan las piezas del puzzle es cuando tenemos la posibilidad de sanarnos, de entender ese sufrimiento que no sabíamos de donde procedía. Y aunque duele empezar a mirar ciertas heridas, también puede ser el inicio de algo importante: dejar de sobrevivir para empezar, poco a poco, a vivir con más verdad, más calma y más espacio para uno mismo.

¿Por qué siento que soy la “oveja negra” de mi familia?: El mito del chivo expiatorio en las dinámicas familiares

¿Por qué siento que soy la “oveja negra” de mi familia?: El mito del chivo expiatorio en las dinámicas familiares

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¿Por qué siento que soy la “oveja negra” de mi familia?: El mito del chivo expiatorio en las dinámicas familiares

 

Algunas personas crecen con la sensación de no haber encajado del todo en su familia. A lo largo de su vida han sentido que, hicieran lo que hicieran, siempre acababan siendo las “difíciles”, las “sensibles”, las “rebeldes” o las culpables de los conflictos familiares. Y con el tiempo, esa etiqueta que te pusieron te termina pesando tanto que acabas preguntándose: “¿Y si realmente hay algo malo en mí?”

 Desde la perspectiva sistémica, desde la que yo trabajo en consulta con mis pacientes, muchas veces lo que ocurre no tiene tanto que ver con quién eres, sino con el lugar que has ocupado dentro de tu sistema familiar, de tu “tribu”, como suelo decir.

 Y esto se explica porque en algunas familias existe, de forma inconsciente, la necesidad de mantener la apariencia de que todo está bien, se silencian conflictos no resueltos (de pareja, de tensiones entre las familias de origen de nuestros padres, emociones reprimidas, secretos, tensiones o dinámicas dañinas que nadie quiere mirar, que no saben cómo afrontar…).

 Y para poder mantener esa apariencia de normalidad, de equilibrio, la familia “deposita” todo ese malestar en alguien, se pone el foco en un miembro de la tribu… Te elijen a ti y mientras te miran a ti y se encargan de “tus problemas”, se evita mirar y afrontar esos conflictos latentes que no se sabe cómo resolver. Ahí aparece la figura del chivo expiatorio: la persona sobre la que se proyecta aquello que la familia no puede reconocer en sí misma.

 Si tú te sientes en tu familia la llamada “oveja negra”, debes saber que eres la persona más sensible y valiente en tu sistema: porque eres quien expresa lo que otros callan. Quien pone límites. Quien cuestiona dinámicas normalizadas. Quien muestra el dolor familiar que todos intentan ignorar. Y precisamente por eso, muchas veces habrás terminado siendo señalada.

 No es casualidad que si has ocupado este lugar, si te han asignado ese rol en tu familia, hayas crecido sintiéndote insuficiente, culpable, defectuosa. Porque durante años recibiste el mensaje, quizás sigas recibiéndolo —directo o indirecto— de que el problema eras tú. Que eras una persona demasiado intensa, demasiado emocional, demasiado sensible, demasiado problemática… o simplemente “el conflicto”.

 En realidad, la mayoría de las veces la oveja negra no es la persona rota de la familia. Es la persona que, consciente o inconscientemente, dejó de sostener el silencio cómplice familiar.

 Y eso duele. Porque ocupar ese lugar suele implicar sentirse solo, incomprendido o incluso rechazado por las personas de las que más necesitabas amor, aceptación y pertenencia.

 Sanar esa herida comienza cuando dejas de mirar tu historia únicamente desde la culpa y empiezas a preguntarte qué papel te tocó ocupar dentro de tu familia. Entender esto no cambia lo vivido, pero sí puede ayudarte a dejar de cargar con un peso que nunca te perteneció por completo.

 La “oveja negra” no era el problema. Era la ovejita valiente que estaba sacando a la superficie que el problema existía.

Crecer con una madre narcisista: heridas que a veces tardamos años en entender

Crecer con una madre narcisista: heridas que a veces tardamos años en entender

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La sensación constante de no ser suficiente

Tienes la sensación, muy dentro de ti, de que nunca has sido suficiente. No suficientemente valiosa para que los demás te acepten tal y como eres. Y aunque hayas hecho todo lo posible por agradar, ayudar y hacer las cosas “bien”, esa sensación sigue ahí.

Muchas personas que han crecido en determinados entornos familiares viven con una necesidad constante de aprobación, un miedo profundo al rechazo y una sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar.

Detrás de ese malestar emocional, en muchos casos, existe una historia marcada por una madre narcisista.

Qué significa tener una madre narcisista

Tener una madre narcisista no siempre implica haber vivido gritos, violencia o un maltrato evidente. A menudo, el daño emocional es mucho más silencioso y difícil de identificar.

Desde fuera, incluso puede parecer una madre ejemplar: sacrificada, encantadora o muy implicada. Sin embargo, en la intimidad emocional de la relación, el hijo o la hija aprende que sus propias necesidades quedan en segundo plano.

Una madre narcisista necesita que la atención, las emociones y las necesidades giren alrededor de ella. Como consecuencia, el niño aprende muy pronto a adaptarse para evitar conflictos o conseguir afecto.

Señales emocionales frecuentes en hijos e hijas de madres narcisistas

Las heridas emocionales de este tipo de vínculo suelen mantenerse en la edad adulta y aparecer de formas muy concretas.

Necesidad constante de aprobación

Sentir que necesitas validación externa para sentirte suficiente o valiosa.

Miedo a decepcionar

Vivir con ansiedad ante la posibilidad de fallar, molestar o no estar a la altura de las expectativas de los demás.

Dificultad para poner límites

Sentir culpa cuando intentas decir “no”, priorizarte o marcar límites saludables.

Sensación de invisibilidad emocional

Haber aprendido que tus emociones, necesidades o problemas “no eran importantes” y que debías callarte para no molestar.

Hipervigilancia emocional

Estar pendiente constantemente del estado emocional de otras personas y sentirte responsable de cómo se sienten.

Cómo afecta este vínculo en la vida adulta

Muchas personas adultas descubren años después que crecieron intentando ganarse un amor condicionado. Un cariño que parecía depender de cumplir expectativas imposibles.

Con frecuencia, estas personas desarrollan:

  • Baja autoestima.
  • Autoexigencia extrema.
  • Relaciones dependientes o desequilibradas.
  • Miedo al rechazo y al abandono.
  • Dificultad para expresar necesidades emocionales.
  • Sensación persistente de culpa.

El problema es que, durante años, normalizaron ese funcionamiento emocional y aprendieron a sobrevivir adaptándose continuamente a los demás.

Sanar la herida de una madre narcisista

Sanar no significa odiar a tu madre ni dejar de quererla. Significa darte permiso para reconocer aquello que te dolió y cómo te afectó emocionalmente.

También implica comprender que:

  • Tus necesidades emocionales eran importantes.
  • Poner límites no te convierte en mala persona.
  • Cuidarte no es egoísmo.
  • No necesitas ganarte constantemente el cariño de los demás.
  • Mereces relaciones sanas, seguras y respetuosas.

El primer paso para sanar suele comenzar cuando dejas de preguntarte:

“¿Qué me pasa?”

Y empiezas a preguntarte:

“¿Qué tuve que vivir para sentirme así?”

Terapia psicológica en Majadahonda

Si te has sentido identificada con esta historia, trabajar estas heridas en terapia puede ayudarte a comprender tu historia, fortalecer tu autoestima y construir relaciones más sanas contigo misma y con los demás.

En terapia es posible aprender a poner límites, gestionar la culpa, validar tus emociones y dejar de vivir desde la necesidad constante de aprobación.

La ansiedad como síntoma: cuando el cuerpo habla

La ansiedad como síntoma: cuando el cuerpo habla

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La ansiedad no siempre es el problema: a veces es el mensaje

La ansiedad suele percibirse como un problema en sí misma, nos resulta tan molesta que hace que le tengamos que prestar atención… ese nudo en el estómago, la dificultad para respirar, sensaciones físicas como sequedad en la boca, el corazón que se nos sale del pecho… sentimos que queremos escapar de nuestra propia piel… ¿te resulta familiar?

Nos sentimos bloqueados y nuestro cerebro no para de gritarnos: “¡No puedo, es que no puedo, de verdad!”

¿Por qué la ansiedad se siente tan intensa?

Como te decía, es tan incómoda que sentimos que es algo que hay que eliminar o controlar sea como sea.
“Necesito controlar mi ansiedad”.

La clave está en verla desde otra perspectiva: ¿y si la ansiedad no fuera el problema, sino un síntoma que te está avisando de algo?

La ansiedad como señal de alarma emocional

Al igual que el dolor físico nos alerta de que algo no va bien en el cuerpo, la ansiedad es frecuentemente una señal de que algo necesita que le prestemos atención en nuestra vida.

A veces aparece cuando estamos sobrecargados, cuando llevamos “el peso del mundo sobre nuestros hombros”, cuando ignoramos nuestras necesidades emocionales o cuando vivimos en constante exigencia y no nos permitimos cometer errores, aceptar que somos personas navegando por la vida sin libro de instrucciones.

Cambiar la relación con la ansiedad

Muchas veces intentamos silenciar la ansiedad sin preguntarnos qué la está provocando. Nos centramos en eliminar la sensación incómoda —el nerviosismo, la presión en el pecho, los pensamientos acelerados— sin explorar el mensaje que puede haber detrás.

Pero, ¿qué cambiaría si en lugar de luchar contra ella, la escucháramos?

Escuchar la ansiedad no significa rendirse

Esto no significa romantizar el malestar ni ignorar lo difícil que puede ser convivir con la ansiedad. Sí, es muy incómoda… se asegura de que le prestes atención para que puedas centrarte en ti.

Te ayuda a pararte y escucharte, a mirarte, a entenderte.

Significa reconocer que, en muchos casos, hay un contexto que la explica. Escucharla no es rendirse; es comprender, gestionar, sanar y crecer.

Gestionar la ansiedad va más allá de calmar los síntomas

Aprender a gestionar la ansiedad no se trata solo de poner en marcha técnicas de regulación —como la respiración consciente o el descanso— sino también de hacerte preguntas más profundas:

  • ¿Qué necesito en este momento?
  • ¿Qué estoy evitando?
  • ¿Qué parte de mi vida requiere un cambio?

Cuando la ansiedad deja de ser un enemigo

Cuando empezamos a respondernos a estas preguntas con honestidad y con amor hacia nosotros mismos, la ansiedad deja de ser un enemigo invisible para convertirse en una mensajera incómoda, un poco escandalosa y llamativa, pero tremendamente valiosa.